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Cultura - 2 semanas ago

ABAO, mil noches de ópera a orillas del Nervión

La Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera cumple un millar de funciones con ‘Fidelio’, de Beethoven

Parecía una bilbainada pero ha terminado en proeza que sigue sumando noches de ópera de primer nivel, año tras año. En abril de 1953, cuatro amantes de la lírica constituyeron la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO-OLBE). Su intención era organizar, a orillas del Nervión, un ciclo de ópera de prestigio y calidad. Viajaron a Milán para tratar con el principal agente del prestigioso Teatro alla Scala. Y, el 16 de agosto de ese año, se alzó el telón de la primera noche de ópera de la nueva asociación en el Coliseo Albia: una Tosca, de Puccini, protagonizada por Gianni Poggi, Adriana Guerrini y Anselmo Colzani bajo la dirección de Giuseppe Podestà. Ayer, 24 de noviembre, cumplieron su función número 1.000, en el Palacio Euskalduna, tras 65 años de historia con las principales voces de la ópera sobre el escenario: Callas, Tebaldi, Bergonzi, Del Monaco, Kraus, Caballé, Corelli, Pavarotti, Domingo, Carreras, Scotto, Freni y muchas más.

“Ahora la ABAO es, en realidad, una asociación cultural”, explicaba ayer a EL PAÍS su presidente, Juan Carlos Matellanes. “Suelo decir que somos como un árbol. Se ve la temporada de ópera, con una ramificación más o menos frondosa de títulos y funciones, aunque lo importante son las raíces”. Se refiere Matellanes a su eficiente estructura organizativa, al modelo económico transparente y equilibrado que practican, pero también al cúmulo de actividades que desarrollan. “Aparte de ópera en el Palacio Euskalduna, tenemos la temporada para niños ABAO Txiki en el Teatro Arriaga, conferencias en el Museo de Bellas Artes y en la Universidad de Deusto y ahora queremos iniciar una temporada de ópera de cámara en la Sala BBK”, aclara. Pero cuentan, además, con un amplio programa didáctico en colegios, fomentan la ópera como experiencia entre los jóvenes, con Gazteam ABAO, y publican cada año un atractivo libroprograma centrado en los títulos de la temporada. “Todo lo que hacemos tiene que aportar un valor”, puntualiza.

La asociación operística bilbaína tiene dos curiosas señas de identidad. Tras llegar al millar de funciones jamás han tenido que suspender ninguna de ellas. “Y eso que la temporada pasada tuvimos una huelga de la Sinfónica de Euskadi; salvamos las funciones de Don Pasquale con acompañamiento al piano”, admite el presidente de la ABAO. El anecdotario es extenso e incluye casos trufados de casualidad, como cuando se evitó cancelar una función de La Traviata, con el lehendakari en el palco, gracias a la presencia de un cantante capacitado entre el público, que cantó vestido de calle y tras unos minutos para calentar la voz. La otra seña de identidad es Giuseppe Verdi. La ABAO está a punto de convertirse en el primer teatro del mundo en programar las 29 óperas del compositor italiano; otra bilbainada maravillosa titulada Tutto Verdi, que arrancó en 2006 con Oberto y culminará en 2021 con Alzira. De todas formas, la ópera más veces representada en la ABAO no es de Verdi, sino de Puccini: La bohème, que abrió la presente temporada y cuenta con 32 representaciones.

La función 1.000 de ABAO no ha contado con Verdi ni con Puccini como protagonistas, sino con Beethoven y su única ópera: Fidelio. La decisión resulta sorprendente en una asociación tan vinculada a las voces y al repertorio italiano. Pero el cambio de la bombonera del Coliseo Albia al masivo Palacio Euskalduna, en 1999, ha impulsado en esta asociación el repertorio alemán y el consiguiente protagonismo orquestal; ya se materializó, esa primera temporada en la nueva sede, con el inicio de su primer Anillo wagneriano. También ahora era la primera vez que se escuchaba Fidelio en el Euskalduna, tras 22 años de ausencia en la programación de la ABAO. El resultado ha sido sobresaliente. Y no tanto por la actualidad que pueda tener esta apología beethoveniana de la libertad frente a la tiranía, sino por la dificultad que implica poner en escena una ópera con varias versiones y una extraña conjunción de géneros bajo el paraguas del singspiel, que combina diálogos hablados y números musicales cantados. Fidelio nació en 1805 y se consolidó en 1814, tras dos revisiones y cuatro oberturas. Parte desde el dramma giocoso mozartiano y termina adelantando sones de la Novena sinfonía, pero su complejidad dramatúrgica, en ese camino de ida y vuelta de la luz a la oscuridad, se compensa con una música admirable.

Juanjo Mena se decantó, desde el foso y al frente de una disciplinada Bilbao Orkestra Sinfonikoa, por una versión que fue desde la claridad y fluidez al dramatismo del segundo acto y la intensidad del final. El director vitoriano, que regresaba a la ópera bilbaína tras dirigir, hasta 2009, varias producciones importantes de Wagner, Strauss o Britten, elevó momentos puntuales del primer acto y arriesgó más en el segundo, especialmente en el Finale donde contó con el sensacional apoyo del Coro de la Ópera de Bilbao y toda la entrega orquestal. Pero, si ya fue ideal su plástica introducción al cuarteto Mir ist so wunderbar, lo mejor de la noche llegó, poco después, en el famoso Coro de prisioneros, con las voces masculinas del coro bilbaíno en estado de gracia.

La dirección escénica de José Carlos Plaza, estrenada en el Maestranza de Sevilla en 2007, y cuya reposición en Bilbao ha comandado Gregor Acuña-Pohl, tuvo también en ese coro final del primer acto su mejor momento. El resto de la ópera deambuló entre el estatismo y la penumbra. Hubo leves detalles de iluminación y un vestuario apropiado, aunque también excentricidades, como las innecesarias torturas que vemos en las primeras escenas o el momento climático en que Leonora indica su pecho para demostrar que es una mujer travestida; hubiera sido ideal, por cierto, presentarla con ropa femenina al final, cuando es proclamada por Rocco como “orgullo de las mujeres”. Además, la escenografía resulta cansina y monótona, con ese inmenso monolito móvil que permite vislumbrar, al final, la Sevilla dieciochesca en donde se ambienta la ópera. Pero también la dramaturgia incurre en el habitual error de adoptar la tradición wagneriana de tocar la obertura Leonora nº 3 en el paso al Finale del segundo acto, algo completamente innecesario.

El apartado vocal fue también destacado. Empezando por la juvenil pareja de Jaquino y Marzelline, que contó con el tenor bilbaíno Mikeldi Atxalandabaso y la soprano alemana Anett Fritsch; ambos cantarán esta temporada en el Teatro Real en Das Rheingold e Idomeneo, respectivamente. Fritsch, excelente cantante y actriz, convirtió su aria O war’ ich schon mit dir vereint en otro de los mejores momentos de la noche. La rusa Elena Pankratova cantó una Leonora vocalmente brillante, pero sin hondura psicológica y con una deficiente dicción alemana. Bastante plano el Rocco de Tijil Faveyts, algo descompensado Sebastian Holecek como malvado Don Pizarro y Egils Silins fue un gris Don Fernando, aunque vistiera de blanco. El otro solista destacado lo escuchamos en el segundo acto: el tenor inglés Peter Wedd como Florestán; no solo exhibió temple y musicalidad en su aria en las mazmorras, sino que cantó con admirable entrega, junto a Pankratova, el apasionado dúo O namenlose Freude!, otro de los momentos destacados de esta noche número mil en la ABAO.

El evento contó con la presencia de personalidades de la sociedad vasca, encabezadas por el lehendakari Iñigo Urkullu, que presenció un aurresku antes del inicio de la ópera. Y la representación fue retransmitida en directo por streaming a través de la web de la ABAO, pero podrá verse en diferido, el próximo 2 de diciembre, en la cadena pública vasca ETB2.

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