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Cultura - 18.05.2019

Eterno olvido

Deslucido debut de Joselito como ganadero con dos toros devueltos

El toreo es comunicación, decir, contar, interesar, emocionar. El toreo no consiste solo en dar pases, banderillear y picar los toros, muletearlos y matarlos. No. El toreo es sentimiento, es arte. Y el arte hay que sentirlo para transmitirlo.

Ayer no sucedió nada en la plaza. Nada para el recuerdo, se entiende. Porque no hubo comunicación. No hubo toros, y los toreros parecían mudos. Fue una de esas tardes de olvido eterno, de las que no queda rescoldo alguno en la retina.

Opaco debut de Joselito como ganadero en la feria de San Isidro. Debe ser duro ver cómo dos de tus toros vuelven a los corrales después de cuatro años de amorosa e ilusionada crianza. Debe ser duro que los demás no dejaran sobre la arena un atisbo de sangre brava. Debe serlo más aún para quien lo fue todo en esta plaza y ante esta afición. Pero así es el oficio de ganadero; por lo general, una dedicación completa, y en un minuto pasas un mal rato o se destruye el castillo de ilusiones que su dueño había forjado a lo largo del tiempo.

No comunicaron nada bueno los toros de Joselito. Bien presentados, sí, pero la bonita fachada no encerraba más que falta de casta, ausencia de bravura y unas fuerzas muy justas.

Y la terna estuvo muda.

Hubo que esperar al sexto de la tarde, eran ya casi las nueva y media de la noche, para que surgiera la primera ovación seria del festejo. Ocurrió cuando Álvaro Lorenzo se abrió de capa y trazó seis verónicas y media con buen estilo y ganando terreno en cada una de ellas. Fue la primera vez que el público abrió los ojos y comprobó que cuando se comunica un mensaje hay oídos prestos para escuchar.

Después, muleta en mano, Lorenzo comenzó con unos inquietantes estatuarios, ceñidos, en los que se dejó pasar muy cerca los astifinos pitones de su oponente. Continuó con unos aceptables derechazos y mejoró el tono en el pase de pecho. Toreó despegado con la mano izquierda, y, después, se dejó enganchar la muleta, y de pronto cerró la boca y dejó de decir. Volvió a llamar la atención con unas bernardinas finales, y cuando montó la espada tenía una oreja ganada. Pero había que matar, claro está; había que encunarse entre aquellos dos puñales acabados en negro que lucía el toro. Había que matar o morir, con lo fácil que eso se dice y lo difícil que debe ser hacerlo. Y Lorenzo se echó fuera, huyó de las defensas de su compañero negro y pinchó. Y se esfumó toda posibilidad de premio. Dijo poco, Lorenzo. Parecía que iba a pronunciar una lección magistral, pero su disertación quedó entrecortada por su ánimo.

Algo parecido le ocurrió a Román, que no es un artista y que todo su discurso se reduce, que no es poco, a una entrega y un arrojo sin límite, cualidades necesarias y gratificantes en el toreo. Así lo demostró ante el áspero sobrero de Torrealta, que se le coló dos veces con malas intenciones, pero el torero respondió con gallardía y arrestos que el público agradeció. Alargó su labor en un intento baldío de ponerle unas gotas de gracia a una faena insulsa a pesar de su actitud, y la petición de trofeo fue muy minoritaria.

Joselito Adame no tuvo su día. Venía sin discurso preparado y se le vio muy triste. La improvisación no es lo suyo.

Y colorín, colorado…

Bueno, hizo viento, no tanto como el día anterior, pero tan incómodo como siempre. Se lidió muy mal y se picó peor. Los toreros, y no solo las figuras, parecen empeñados en acabar definitivamente con la suerte de varas, y a este paso lo van a conseguir.

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