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Cultura - 04.04.2019

Nosotros también éramos feos

Aunque el suyo puede que fuera solo otro tipo de ‘ego trip’, Kurt Cobain lo llevó hasta el final

En menos de un año, entre noviembre de 1993 y agosto de 1994, River Phoenix murió de una sobredosis, Nirvana grabó su disco Unplugged para MTV, Tonya Harding mandó pegar a Nancy Kerrigan, se estrenó Reality Bites, justo después Kurt Cobain se quitó la vida con una escopeta y se celebró el 25 aniversario de Woodstock, del que ahora se vuelven a cumplir otros 25 años. Seinfeld iba ya por la quinta temporada. Puesto así junto parece algo, pero no sé bien el qué. El caso es que a mí todas estas cosas me pillaron en Nueva York, donde estaba empezando a ganarme la vida colaborando para este periódico, que entonces solo estaba hecho de páginas de papel.

La verdad es que no me había interesado mucho por Nirvana hasta que el recién nacido Tentaciones me envió a cubrir la grabación del acústico en los estudios de Sony en la calle 54. Recuerdo que al entrar en el edificio, los invitados dejaban latas y comida no perecedera para alguna beneficencia relacionada con la ocasión, y también que Kurt Cobain hizo todo el concierto con un jersey de lana viejo. Posiblemente llevaba las mismas zapatillas Converse con las que luego le encontraron en el suelo. Había velas y plantas por todas partes, o así lo recuerdo, y la gente parecía estar asistiendo a una liturgia. A mí todo este ambiente me parecía reflejo de un país que salía de los horteras años ochenta de Reagan-Bush y entraba en un ciclo más complejo, más autocrítico, más sabio. Bill Clinton tocaba el saxo y le gustaba Fleetwood Mac.

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Claro que todo esto podrían ser fantasías que deberían matizarse mucho más a fondo. Aunque el suyo puede que fuera solo otro tipo de ego trip, Kurt Cobain lo llevó hasta el final: le iba el tormento y la autoflagelación, parecía que le daba asco su propio éxito y desde luego todo eso era muy poco americano. El grunge era como decir: “Nosotros también somos feos”. En realidad, puede que fuera uno de los primeros viejóvenes.

Cuando Kurt Cobain se suicidó en Seattle, escribí una noticia que ahora me daría vergüenza revisitar. Se le llamaba “ídolo grunge” o “icono de la Generación X”. Menudo disparate. Seguro que el término grunge a secas ya le parecería mal. Entonces yo hacía las crónicas viendo la televisión con antenas y buscando material de agencias y foros en America Online o Compuserve, los dos servidores de Internet que había, que se instalaban con disquete para conectarse a la web a través de módem con pitidos. Creo que en el primer párrafo escribí que el cadáver de Cobain había sido encontrado en el suelo de su casa por “un electricista” y este detalle tragicómico le llamaba la atención a mi entonces vecino Ray Loriga. Comentábamos que era una burla del destino ser hallado de esa manera. No sé bien qué habrá sido del legado o la memoria de Kurt Cobain y Nirvana desde entonces. Un año después de su muerte, los Rolling Stones pusieron música al lanzamiento de Windows 95 y a mí, quizá por compensar el no haberme fijado bien en Nirvana a tiempo, por esa época empezaron a gustarme los Foo Fighters.

Juan Cavestany es escritor y cineasta

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